En sus últimos años, Nemesio Oseguera Cervantes enfrentó un progresivo deterioro de salud, marcado —según diversos reportes de inteligencia— por una enfermedad renal crónica que requería terapia sustitutiva y supervisión médica constante. La condición implicaba dependencia de hemodiálisis y un seguimiento especializado difícil de sostener en la clandestinidad.
Ante la imposibilidad de acudir a hospitales formales, habría optado por instalar infraestructura médica propia en una zona remota de Jalisco. Versiones de seguridad señalan que el sitio contaba con equipo de hemodiálisis y suministros destinados a mantener su tratamiento bajo estricta confidencialidad.
Sin embargo, la operación logística necesaria para sostener atención especializada —personal capacitado, insumos médicos, medicamentos y cadena de abastecimiento— generó una concentración atípica de recursos en la sierra jalisciense. Esa infraestructura, diseñada para prolongar su vida, terminó por convertirse en un punto vulnerable desde el punto de vista estratégico.
El operativo que derivó en su captura se desarrolló entre Talpa de Allende y Tapalpa. Más allá del desenlace, el episodio evidenció que incluso quienes construyen estructuras para blindarse frente a la ley no pueden sustraerse a las limitaciones biológicas propias de la condición humana.











