La reciente tragedia registrada en Temascalcingo, Edoméx, donde un accidente relacionado con pirotecnia dejó decenas de personas lesionadas y varios muertos vuelve a abrir un debate que durante años ha permanecido pendiente: ¿hasta dónde debe permitirse el uso de pólvora en celebraciones públicas?
Cada año, especialmente durante las fiestas patrias, miles de municipios en México realizan espectáculos con fuegos artificiales como parte de sus celebraciones. Sin embargo, detrás del color y el sonido existe un riesgo permanente que ha quedado evidenciado en múltiples accidentes: explosiones, personas lesionadas, daños materiales y afectaciones ambientales.
Más allá de la tradición, especialistas y ciudadanos han cuestionado si es momento de avanzar hacia una regulación mucho más estricta, e incluso analizar la prohibición de la pirotecnia con pólvora en eventos masivos donde se concentra una gran cantidad de personas. No se trata de desaparecer una actividad que durante generaciones ha representado el sustento de miles de familias, sino de replantear su uso bajo condiciones mucho más seguras.
Los gobiernos municipales, estatales y federal también podrían abrir una discusión sobre su propia participación en estas prácticas. Las noches del Grito de Independencia, por ejemplo, son algunos de los eventos donde las autoridades promueven espectáculos pirotécnicos, pese a los riesgos que representan para la población, la contaminación ambiental y también para personas sensibles al ruido, como adultos mayores, personas con ciertas condiciones de salud y animales.
El reto no es sencillo. La pirotecnia forma parte de la cultura y economía de comunidades como Tultepec y otros municipios donde familias enteras han dedicado generaciones a esta actividad. Pero la tradición no puede estar por encima de la vida y la seguridad de las personas.
La pregunta permanece sobre la mesa: ¿Cuántas tragedias más serán necesarias para que autoridades y legisladores impulsen una nueva regulación nacional sobre la pirotecnia? Quizá el camino no sea eliminar una tradición, sino transformarla hacia modelos más seguros, responsables y compatibles con el bienestar de la sociedad.











